Abstención y honestidad

A  muy pocos ciudadanos e incluso políticos parece hacerle gracia que Donald Trump pueda llegar a ser el 45º presidente de Estados Unidos. Incluso hace pocos días el candidato conservador a las primarias francesas -Nicolas Sarkoy- mostraba su preferencia para los progresistas. Las razones para que gente de derechas no quieran de un líder ‘de derechas’, no son pocas: un discurso xenófobo, misógino y autoritario junto a un perfil neoliberal que han logrado hacer de ese empresario ahora político un tipo bastante indeseable para muchos.

La decencia es sin embargo lo que parece paradójicamente ser la menor de las preocupaciones para muchos de nuestros compatriotas cuando de investir un gobierno con miembros deshonestos, de dudosa dignidad y clara vocación a la opacidad se trata.

España está siendo – o sigue siendo- el escenario de una curiosa reacción premeditada en la que no se cuestiona para la gobernanza del país la honorabilidad de los miembros del partido que tantos medios y conciudadanos claman investir, sino la responsabilidad de un partido cuyos votos deberían servir para respetar y honrar la intencionalidad de aquellos y aquellas que movilizó. Donde el interés y la crítica debería de recaer sobre los últimos documentos aportados por el diario El Mundo sobre ‘protocolos’ para la financiación ilegal del Partido Popular, sólo escuchamos reproches a lo que algunos llaman un acto de irresponsabilidad del Partido Socialista.

Cierto es que ahora que el líder al “NO” ha saltado por la ventana, las aguas se han calmado y parece ser que sólo se escuche el frotar de las manos esperando el desenlace de lo que incluso sondeos desenfocados trataban de respaldar. Pero sería interesante que el lector hiciera un trabajo de retrospección y un análisis a muchos de estos argumentos más que agotados que siguen calando.

Personalmente, donde algunos ven una clara victoria del Partido Popular, como si de un sistema presidencialista se tratara, yo concluyo un rechazo a las políticas conservadoras y deshonestas del Partido Popular en un 70 por ciento. Ahí donde muchos – como el señor Margallo o Fernández Díaz hace unos días- claman por la puesta en marcha de un gobierno en España, otros podríamos pedir a estos mismos que se apliquen la urgencia y dejen gobernar con su abstención al casi 70% restante. Donde muchos políticos hablaban de irresponsabilidad al centrar el cañón de la opinión pública sobre el señor Sánchez, yo hubiese preferido que la responsabilidad corriera por los pasillos de las Cortes Generales y compareciera el señor Rajoy para explicar tantos asuntos que indirectamente lo relacionan con aquello que llamo indecencia.

Pero la cosa va más allá del perfil organizacional de un partido; desgraciadamente, a esta falta de coherencia cívica que parece inundar por momentos las calles, los televisores y los transistores, se junta un nuevo problema desde el corazón mismo de la política española: el (re)nacimiento de una nueva metodología en el pensamiento post-ideológico en la que me he permitido etiquetar por un lado los que llamo pragmáticos-ideológicos y por otro, ideólogos-pragmáticos que no hacen más que empañar la mira a través la cual la ciudadanía mira lo que ocurre.

Entre unos y otros les separa el orden de las funciones que dice mucho de ellos y del resultado. Si bien el ideólogo pragmático buscará la manera de aplicar de manera realista su ideología, el primero sin embargo orientará y interpretará su ideología con tal de lograr un fin útil para él o su entorno procesional. En este escenario kafkiano se encuentra entre otros, el Partido Socialista.

Desde mi humilde opinión y postura progresista, es urgente que los mal llamados líderes del partido entiendan que la fractura ideológica y de la política española con nuestros conciudadanos, y en particular, con sus afiliados, afiliadas y simpatizantes, es cada vez mayor.

La estrategia del desgaste no siempre es la mejor, y ni tan siquiera el respeto a una falsa mayoría que no es ni más ni menos que un burdo cálculo labrado para recoger apoyos. Porque más allá de lo que podría convertirse en un desgaste del Partido Popular en los próximos años a costa de una abstención tensa, está el desgaste de los que a pesar de gestiones imperfectas o leyes controvertidas -como la reforma del 135 de la Constitución- han seguido apoyando una ideología malherida. Y ese desgaste es más costoso que cualquier posición de bloqueo que no ha sido más que el resultado de la voluntad popular – y algún que otro partido con exceso de confianza-. El ‘No’ a un gobierno del señor Rajoy no cierra la puerta a más posibilidades: incluso respetando la proporción de votos, el PSOE puede forzar otras situaciones como un gobierno del PP sin el señor Rajoy u otro alegado relacionado con casos dudosos. El ‘No’ al señor Rajoy es un ‘Sí’ a la dignidad política y a la coherencia ideológica, así como una señal a sus afiliadas y afiliados como que nuestros criterios en materia de transparencia no son lo mismo. Y más allá del partido, un ‘No’ representa un mensaje a muchas generaciones sobre por qué no pueden gobernar políticos o políticas dirigentes de tramas “mafiosas”. Todo lo contrario sería como decía alguno que otro hace poco: “un abismo para España” – y para la socialdemocracia-.

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