Y mientras tanto

Mientras para algunos pocos toca definir los márgenes para pactar y lograr tal vez un acuerdo, para otros muchos toca reflexionar sobre la involución de un partido que a primera vista atrae cada día menos. El PSOE – y extiéndase esta afirmación a todas las organizaciones socialdemócratas europeas- está aquejado de un mal que día tras día deja la curva de edad de sus bases en un desequilibrio alarmante que de no ser invertido dejará al partido sin muchos afiliados en pocos años. Ciertamente esta afirmación puede requerir del apoyo de datos; pero no deja de ser ilustrativo ver que las concentraciones y mitines del PSOE vienen arropados sobre todo por experimentados hombres y mujeres de la lucha progresista. Obviamente no deja de existir diferencias entre regiones e incluso ciudades, pero queda visible que elecciones tras elecciones las mesas y colegios electorales quedan cada vez más huérfanos de interventores y apoderados progresistas; llegados ahí mejor no seguir haciendo la observación de que la gente más mayor es la que más cumple dicha misión.

No lean en estas afirmaciones rastro alguno de edaísmo por mi parte y por lo contrario entiendan la inquietud de ver que el principal partido progresista de este país no logra atraer suficientemente a los actores y sujetos del devenir futuro de nuestra sociedad de mañana. ¿Qué estará pasando? Esa es la pregunta que muchos de los barones que hoy discuten de pactos habrían de hacerse en los próximos meses para no tener que volver a hablar de fracaso sistemático. Dejaré de lado posibles especulaciones y conspiraciones sobre el fin del socialismo a través de su conversión ideología al capitalismo.

Pues, mirando hacia la calle, quiero encontrar el enfado de los simpatizantes y el desinterés de los conciudadanos hacia un partido que prona por el progreso y la defensa de los trabajadores en su falta de pragmatismo. A pesar de ser yo mismo un gran defensor de los avances logrados bajo la bandera del PSOE en los tres últimos decenios, he de reconocer que durante estos últimos años muchos españoles se han sentido abandonados por un partido que entre otros errores han respaldado el artículo 135. La falta de complicidad entre una organización que cada vez más se parece al Vaticano y sus conciudadanos impide un nuevo voto de confianza. Y si el paralelismo no gusta, menos aún debería de gustar saber que para muchos el soplo de ilusión progresista se ha transformado en una exhalación de inmovilismo, y ahí va otra de las posibles razones. Los despachos de aquellos que han de vigilar por el interés de las bases – valientes y luchadoras- que les han llevado hasta ahí, no logran generar satisfacción entre la ciudadanía que sólo visitan cada cuatro años. Sólo en ese momento se dan cuenta por unos meses de la necesidad de actualizar la palabra compromiso y de que sus barrigas se han hinchado de forma proporcional a la parsimonia que se ha impuesto sigilosamente.

Como ciudadano comprometido y activista progresista que me considero he de decirles que la situación con la que me encontré en estas últimas elecciones me indigna y me enfada en los más profundo: ¿quién demonios eran aquellos diputados de aquella lista que metíamos en esa urna ? Cómo pretendemos ganar la confianza de nuestros vecinos si ni tan siquiera tenemos la iniciativa de presentar aquellos candidatos que les van a representar. No sólo es responsabilidad de nuestros vecinos saber a quienes votan; es obligación nuestra de presentar a quienes han de confiar. El desapego entre nuestras organizaciones federales y nuestros vecinos se está convirtiendo en una realidad creciente y retroalimentada. Y además, – y lo afirmo como comunicador que soy- caen a veces en el error de pensar que los reajustes en marketing e imagen política son suficientes para lograr mayorías como las que buscamos para llevar adelante proyectos políticos: empresas de este calado requieren algo más que postureo y escaparatismo. Lo peor es que el desapego se cristaliza también entre la organización y sus afiliados, permitiendo que muchos se conviertan en activos de otros partidos que han recuperado no sólo el grito de guerra de la lucha progresista – sea real o no- sino su activismo en la calle. ¿A caso hemos de recordar el significado de ‘compañerismo’? Dónde estaba ese compañerismo al cerrar los colegios electorales cuando ni tan siquiera sedes regionales estaban abiertas para agradecer la labor de muchos de ellos aunque fuera con un café. Los detalles dan las grandes victorias pues, la política es un arte con compromisos y responsabilidades y la inercia es uno de los males que pueden acabar con toda una organización si no nos damos cuenta de nuestro estancamiento. Fingir un falso interés durante un par de meses no logra borrar el desamparo con el que se han encontrado muchos ciudadanos durante años, porque la oposición no sólo significa criticar y ‘chupar’ cámara, significa emular lo que muchos activos de las bases socialistas hacen: comunicar con los vecinos, explicar, ayudar, conocer la realidad en primera persona e ilusionar.

Sin lugar a duda no todos los líderes políticos socialistas son ejemplo de inercia, pero muchos han de cambiar el anquilosamiento en el que se han metido por el activismo real. Eso o dejar su sitio. De no realizar los cambios necesarios y buscar la regeneración etaria que logre atraer nuevas generaciones, y recuperar los valores ideológicos de la socialdemocracia para aplicarlos de verdad, el PSOE seguirá descalabrándose pese… a quien le pese.

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