SOCIEDAD: EL PRECIO DE LAS OPINIONES

images-30Hace dos semanas ella misma planteaba en su clase de Doctrina Social de la Iglesia la legitimidad de intervenir en el espacio personal de un político para increparle su comportamiento. La pregunta buscaba situar los límites del enfado popular en la vida de cualquier persona que tuviera relevancia social. Lo curioso es que pocos días más tarde, ella, Gloria Casanova, se vería envuelta en esa situación, experimentado en carnes propias lo que significa pasar a ser la diana del odio popular en cuestión de horas. Las palabras siguen siendo las que son, se tergiversan ligeramente y el contexto se pierde por completo. Bien; debo decir que no estoy de acuerdo con esta profesora de Doctrina Social de la Iglesia, la Señorita Gloria Casanova cuándo dice que una mujer u hombre maltratado deben aprender a perdonar y seguir queriendo, y que la homosexualidad es una enfermedad. Ni con ella, ni con el 15% de la población que lo cree. En el primer caso, diría a esa mujer u hombre que se fueran, denunciaran su pareja y que no dudaran en usar la fuerza si se presentara el caso. En el segundo caso, me daría por satisfecho con que se siguiera aplicando la constitución y con que en la enseñanza pública se hiciera de una vez por todas una asignatura donde se le explicara a los niños lo que son las personas, parejas y familias homosexuales. Por lo demás, invitaría a cualquier persona que piensa lo contrario a irse a tomar por donde podrían conocer los placeres gays.

Hecha esta aclaración, quiero invitarles a reflexionar sobre cómo una persona que ni es el verdugo, ni ha asesinado ningún gay, ni ha cometido delito alguno, pasa a recibir más odio que los propios criminales. “Que te violen” o “Que te maten zorra” son comentarios que han llevado lo que podría ser una normal condena o replica a sus palabras al extremo de la intolerancia. Ser progresista, democrático, y gay – ponga aquí cada uno lo que mejor le convenga- no significa actuar con el diálogo extremista que condenamos. Las personas progresistas no podemos pretender mejorar esta sociedad si cuando nos encontramos con una persona a las antípodas de nuestras ideas, la lapidamos como vulgares monos que intentarán liquidar a otros. Y ello no significa no poder tachar un discurso o un pensamiento de sexista, homófobo o sencillamente, equivocado & peligroso. Se puede hacer, y muy bien. Pero matar una persona por sus palabras cuando no incurre más acto delictivo que la propia malformación de un pensamiento personal desacertado, es igual de peligroso que el que preconiza seguir un tratamiento por la homosexualidad. Solo así – arrebatando ideas falsas con argumentos-, creo, lograremos ser coherentes con nuestras ideas de respeto y progreso y podremos aspirar a cambiar la visión de los demás a través de la oratoria y no el insulto. Claro, siempre que lo que tratemos de cambiar quede en esto, en diálogo.

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