SOCIEDAD: Historias de la vida

Hoy ha muerto una anciana. Era mayor y tenía una enfermedad que llevaba poco tiempo arrastrando pero que ha hecho más estragos en dos meses que en dos años. Esta señora ha tenido la “suerte” de estar acompañada durante su proceso patológico por su familia que en todo instante a estado pendiente de ella y la acompañado hasta el desenlace que tarde o temprano nos espera a todos. Pero saben ustedes que una enfermedad, y cuanto más en personas mayores que en muchos casos no tienen a quienes las cuidan, representa algo más que un simple desafío a la enfermedad y en muchas ocasiones supone una larga agonía más sentimental y personal que corpórea. Sufrir en la resignación es duro; pero sufrir en la soledad es peor aún. Les cuento esto porque en un momento en el los reajustes en los bancos interesa más que los desajustes en las personas, pensar en las necesidades de los más olvidados no solo debe ser una obligación moral, sino también real. Y la realidad se traduce en hechos. En ayudar a los que sufren más y a los excluidos de un sistema que ha dejado de pensar en ellos porque “no suponen ya un valor futuro” para la sociedad. Se traduce en aportar los medios económicos para que él o la que se está muriendo abandonado en un hospital o un geriátrico, al menos pueda hacerlo en su hogar, al abrigo de impudicias y un sistema casi industrial. Por eso es tan importante recalcar los beneficios de leyes como la que fomenta la dependencia acompañada, que no solo ofrece trabajo en este periodo tan incierto – diría con cierta apatía-, sino que también ofrece un “algo de complicidad” y afecto a personas que no han olvidado lo suficientemente el significado de esa palabra -afecto- como para no sentir su vacío.

Desde luego que ser acompañado en sus últimos meses de vida por las personas que queremos no tiene sustituto; pero no saben ustedes cuanto consuelo da una mano aunque desconocida, en un momento en el que nos roza más el soplo de la muerte que el del amor. En esta historia que les cuento no se dio el caso; es verdad. Esta señora murió en el hogar que tanto deseaba volver a encontrar en sus momentos pasados en el hospital y junto a los que afortunadamente le han podido devolver parte de todo el amor que ella les ha dado… pero pienso, ¿y los que no tienen a sus hijos al lado? ¿y los que cierran los ojos con la única imagen procedente de un recuerdo demasiado llorado? ¿Quién cuida de ellos? ¿A caso no tienen derecho a tener una mano aunque desconocida para ayudarles a expirar su último hilo de vida más apaciblemente? ¿Esta es la sociedad que deseamos, en la que unos mueren sin ya brillo en los ojos?

Es imprescindible seguir trabajando para que nuestra sociedad no haga de esa horrenda imagen una realidad aún más presente de lo que está ya, y que los que nos vayan a legar algún recuerdo a esta tierra, al menos la abandonen con el mínimo calor humano que se merecen. Porque esta historia podría ser la de su madre, la de su hermana, la de usted… y a nadie le gustaría pasarla a sabiendas que ya ningún grito de dolor podrá ser escuchado. A nadie le gustaría saber que porque Bankia se hunde, nadie a tenido tiempo de pensar en ella. Gracias a su familia esta señora no lo ha vivido de este modo… pero Dios sabe cuantas personas no son tan afortunadas. Y vaya usted a saber, si algún día en vez de que sea mi abuela, pueda ser la suya… no los olvidemos.

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