SOCIEDAD: RECORTA, QUE QUEDA

Mi última columna (19 enero 2012) a traído debate y discursos en casa; el objeto principal del rifi-rafe de opiniones era las horas de trabajo gratuitas que un trabajador tenía que hacer o no para salvaguardar los intereses de la empresa y por consiguiente, los suyos (o así debería de ser). A mi indignación sobre el hecho que se imponga por ley trabajar gratuitamente varias horas al mes para el patrón, algunos de mis amigos me espetaban que dicha aportación era normal en ciertos casos donde la supervivencia de la empresa estaba en juego y que dependía de esa medida.

Quiero espetar a esa posición que no comparto, que en las situaciones donde el patrón o la empresaria no pueden asumir más costes en salarios y la única opción es pedir al asalariado que haga unas horas por benevolencia, dicha práctica suele –en el caso de la pequeñas empresas- nacer naturalmente del trabajador: él que está arrimando el hombro y tiene una buena relación con sus jefes no le hace falta una ley para ver que tiene que echar una mano. No obstante, también creo que dicho favor debe otorgar al empleado no solo el reconocimiento que le corresponde sino también el derecho a tomar parte de las decisiones de la empresa. Pero – encauzando mejor el tema- creo que queda muy alejada de esa realidad y motivaciones las medidas laborales que muchas empresas actualmente están aplicando a sus trabajadores y que la ley parece querer legitimar, demostrando no solo un aprovecho de éstos, sino provocando un retroceso general en los derechos obreros de nuestro país. Cuando ésta mañana llegaba al trabajo no podía imaginar que una compañera mía se iba a la calle por no aceptar un cambio de dirección que le rebaja el sueldo a unos 650e mensuales en vez de los ya –pocos- 950e que cobra. No vale todo y aún menos que nos tomen el pelo, ya que a este paso acabaremos trabajando 120 días gratis como en Portugal. Si los que creen que la mejora económica de las empresas vendrá exclusivamente gracias a los recortes de salarios y de estabilidad laboral, permítanme responderles que no le toca al asalariado asumir la mala competitividad y gestión que uno puede tener en su empresa y aún menos la de los políticos; para ello está la inteligencia y la adaptación a los nuevos tiempos y mercados (y se me apuran, también están opcionalmente los políticos y sus políticas). A su vez, los asalariados de éste país que es el nuestro deberían sin medición descartar éstas políticas que se van inseminando discretamente en nuestra sociedad y hacer frente común a lo que llamo el “hipotecamiento de nuestro futuro”. Pero me temo que no siempre se quiera mirar la curva invertida (suprimir la precariedad para afianzar la economía doméstica y pues, el consumo) y que el tejido empresarial seguirá alimentado por esa falsa idea de reducción de los sueldos y de las condiciones de los trabajadores. De éste modo caeremos en el gran error de vivir en una sociedad con mayores diferencias sociales y económicas y con un gran segmento de la población en situación precaria.

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